ANTONIO LUIS GALIANO, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA (ALICANTE)
La acumulación de pequeños detalles, a veces, es lo que hace que las grandes obras acumulen su grandeza. Lo reducido no por esto deja de ser bello, máxime si además se ve acompañado de la riqueza interior en el más estricto sentido espiritual. Sea grande o pequeña, sea de un solo estilo o una acumulación de tendencias, sea un continuo añadido o una sucesión ininterrumpida de elementos arquitectónicos a la moda de cada época: Lo cierto, es que está allí, casi al pie del monte y prácticamente abrazada por un río que siempre ha hecho mella en sus cimientos.
Muchas veces se ha dicho que nuestra catedral era pequeña, tal vez de las más reducidas de España. Algunos dijeron que en ella todo era un añadido y, tal vez estén en lo cierto, pues al gótico, se le agrega el renacimiento, a este el barroco y a continuación, un barroco más tardío casi neoclasicista. Y como de añadidos se trata, esta fue una de las excusas junto con la que al apoyar la capilla del Bautismo en la torre la vencía. Excusas que puso un arquitecto versado en Bellas Artes, Antonio Orts Orts, para derribar la dicha capilla. Esta pequeñez ocurrió allá por 1981, en que conseguimos paralizar esta demolición durante casi dos meses, recurriendo a las instancias pertinentes. Pero, lo cierto es que la citada capilla salida probablemente de las mismas manos de Juan Inglés, que fabricó en 1588 la que lindaba con ella, desapareció.
Son pequeñeces dentro de la historia de nuestra catedral, como lo es la frustrada ampliación de la misma por el obispo Juan Elías Gómez de Terán, por oposición frontal del Cabildo Eclesiástico. Sin embargo, el prelado consiguió el aula capitular, la sacristía mayor y la ampliación de la capilla de San Andrés o del Santísimo propia del obispo de Tarazona, Andrés Martínez, abriendo ante nuestros ojos a través de la rejería de finales del siglo XV, la actual capilla de la Comunión con su arriesgada cúpula de planta oval.
Pequeñez en esos continuos añadidos fue la incorporación a la catedral del antiguo claustro renacentista del convento de la Merced, obra del último tercio del siglo XVI de Hernando Vélez. Trasladado por iniciativa de canónigo Almarcha, en 1942-43, con un costo de adquisición de 75.000 pesetas y 200.000 su reconstrucción. Y nunca mejor dicho lo de pequeñez, pues traducidas estas cantidades al lenguaje dinerario actual, estaríamos hablando de un total de 2.363 euros. Pero, eran otros tiempos y hay que reconocer que son muchas pesetas de las de entonces, aunque ha valido la pena por su conservación y su importante presencia en el entorno. Presidiendo este claustro existía una cruz de término reconstruida de estilo gótico, procedente de Denia y que estaba ubicada inicialmente frente a la fachada del convento franciscano de San Antonio de Padua de dicha ciudad. Hace años fue reclamada por esa población y devuelta, siendo sustituida por una réplica, pasando la original al Museo Arqueológico Municipal de la misma.
Pequeñeces son la incorporación de algunas imágenes procedentes de la iglesia de la Merced, cuando se derrumbó su cúpula el 26 de agosto de 1980 y fue necesario su derribo, para en su lugar elevarse un edificio de viviendas en cuyos bajos se habilitó el deseado Museo de Semana Santa, dando así por terminado el peregrinaje de imágenes y tronos por otras iglesias y almacenes. Y, desde allí llegó a la catedral su titular, Nuestra Señora de las Mercedes (1951) obra del escultor oriolano, nacido en Pilar de la Horadada, José Sánchez Lozano, junto con San Ramón Nonato, con su candado en la boca y su cintura cuajada de cintas como ofrenda de las embarazadas. Y llegó, aunque hace tiempo que no lo hemos visto, un lienzo que presidía el retablo de este santo mercedario, en el que aparecía en beato Miguel Argemir de los Santos, abogado contra el garrotillo (crup o difteria), zaratanes y tercianas, que había pertenecido a la iglesia de la Trinidad. Y llegaron también dos piedras talladas con santos de la Orden Mercedaria, que puestos de cara a la pared, formaban parte de la fachada de la iglesia.
También se entronizó un Nazareno en la antigua capilla de los Ruices o de San Mateo (no se quién, ni porqué se ha tenido la idea de denominarlo `El Ahogao´), y en 1942 se repuso el Santo Cristo, obra de Enrique Galarza. Así mismo, en los años cuarenta la obra del pintor madrileño Eduardo Vicente hizo su presencia con los temas de `La curación de los leprosos´, `El Bautismo de Jesús´ y `Las almas de Purgatorio´. La última obra incorporada a la catedral ha sido el Cristo de los Caballeros Cubiertos, talla anónima, de la escuela italiana del siglo XVII, con cruz de madera de ébano trebolada en plata, depositado en la capilla de San José.
Así podríamos continuar, pero, todo ello son pequeñeces que, una a una, han ido engrandeciendo el patrimonio de nuestra catedral, en la que campea por todos los sitios las armas de la Corona de Aragón y también el Oriol, armas de nuestra ciudad. En otra ocasión, trataremos de esas pequeñeces humanas que también en su acumulación han generado la grandeza de la primera iglesia de la Diócesis, en alza.
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